"Afortunadamente, la guerra es algo terrible. De lo contrario, podría llegar a gustarnos demasiado."

Robert E. Lee, general de los Estados Confederados de América










jueves, 30 de agosto de 2012

Vélez de la Gomera: un recuerdo de la España imperial


Los periódicos abrieron ayer con la noticia de que unos activistas marroquíes habían ocupado el Peñón de Vélez de la Gomera. A las 7:15, siete miembros del llamado Comité para la Liberación de Ceuta y Melilla se acercaron a la frontera entre el reino de Mohammed VI y este enclave español en la costa africana y cuatro de ellos se internaron el peñón exhibiendo banderas de Marruecos para que sus compañeros les fotografiasen. El acto reivindicativo terminó cuando quince soldados del Grupo de Regulares 52 de Melilla, que guarnecen el peñón, salieron del cuartel y detuvieron a los cuatro invasores mientras los demás se daban a la fuga. Por ahora, las versiones del incidente difieren: según el citado Comité, los regulares detuvieron y esposaron a los activistas, que permanecen en suelo español; pero el Ministerio de Defensa afirma que los militares únicamente amonestaron ligeramente a los marroquíes, sin emplear en ningún momento la fuerza.

Consideraciones aparte acerca del penoso papel representado por ambas partes, la fecha elegida por el Comité de Libración de Ceuta y Melilla para esta gansada, el 29 de agosto, es especialmente conveniente. Hace 448 años, el 29 de agosto de 1564, zarpaba de Málaga una flota cristiana a las órdenes del Marqués de Villafranca que tomaría dos días después el Peñón de Vélez de la Gomera para el rey Felipe II. Desde entonces, este pequeño islote ha sido territorio español, aunque probablemente la mayoría de los españoles no lo supiesen hasta ayer. Por eso, a raíz de lo acontecido la mañana del pasado miércoles, no parece fuera de lugar hacer memoria y remontarnos a los días gloriosos de la Monarquía Hispánica para descubrir la relación de España con este trozo de tierra de apenas 350 metros de ancho y 100 de largo a menos de un kilómetro de la costa marroquí.

Pedro Navarro y la conquista de Vélez de la Gomera

A principios del siglo XVI, la costa de Berbería era el paraíso de los piratas. Su accidentada costa estaba repleta de puertos, fortalezas y calas desde las cuales salían las veloces galeras de los piratas berberiscos en busca de botín y esclavos cristianos. España, por su cercanía con la costa, siempre había sufrido estas razzias y estaba especialmente comprometida en la lucha contra esta plaga para la navegación en el Mediterráneo. En 1508, una flota inusualmente grande de galeras berberiscas asoló las costas de Sevilla. Fernando el Católico decidió que era imperioso evitar que los piratas saliesen con bien de aquella audacia y ordenó a Pedro Navarro perseguirles y cobrarse justa venganza en nombre de España. El comandante elegido no era un cualquiera; veterano de las campañas del Gran Capitán y un auténtico genio de la naciente ingeniería militar, Pedro Navarro ya había sido azote de los berberiscos en su juventud y su reputación militar era conocida de Lisboa a Estambul.

Navarro limpió la costa andaluza de los navíos más rezagados de la flota berberisca y después persiguió a los restantes hacia África, dando alcance a unos pocos por el camino. Los demás se refugiaron en el puerto de Vélez, una de las bases más importantes de los piratas. Estaba defendido por el Peñón de Vélez de la Gomera, sobre el cual unas fortificaciones cerraban el puerto. El 23 de julio la escuadra española se apostó frente al Peñón y los defensores huyeron, dejando desprotegida la fortaleza. Así, sin oposición, Pedro Navarro tomó posesión de él y lo reclamó para España.

Los moros trataron de recuperarlo en repetidas ocasiones y con repetidos fracasos, hasta que el 22 de diciembre de 1522 una mujer introdujo a algunos moros de Fez en la fortaleza. Asesinado el alcaide Villalobos, comandante de la plaza, los defensores no pudieron evitar su captura y el Peñón volvió a convertirse en puerto pirata. Poco después llegó a él Barbarroja, el célebre corsario berberisco al servicio del sultán de Estambul, y se hizo dueño del enclave. En 1525 se trató de recuperar para España el Peñón con una expedición a las órdenes del marques de Mondejar, pero fracasó y el islote quedó en manos musulmanas.

La Guerra del Turco

Los piratas de Berbería habían sido siempre un problema para España, pero se convirtieron en una verdadera amenaza cuando con el poderío creciente del Imperio Otomano cayeron en el área de influencia turca. Carlos V primero y su hijo Felipe II después entendieron como un deber moral y una misión divina que España liderase al cristianismo en su lucha contra el Islam y esta visión les llevó a la confrontación directa con el vasto Imperio Otomano. Los dos imperios tenían una situación similar: eran reinos en su apogeo, guiados por la profunda fe en su religión y con una diplomacia que movía los hilos de los mundos cristiano y musulmán. Además, poseían las dos mayores flotas del mundo. El choque era inevitable. Así, el Mediterráneo fue campo de batalla de lo que en España se llamó “La Guerra del Turco” y que se prolongaría durante dos siglos.
La galera fue la protagonista de la guerra en el Mediterráneo desde
la Edad Antigua hasta mediados del siglo XVIII y tanto turcos como
españoles e italianos fueron maestros en su uso.
A mediados del siglo XVI, los turcos, con el apoyo indispensable de las fortalezas berberiscas, habían alcanzado una posición de claro predominio sobre los españoles y sus aliados. Una serie de capitanes piratas de enorme genio como Barbarroja o Dragut habían diezmado a las flotas de la Cristiandad y tomado sus bastiones, además de sembrar en el terror en las poblaciones costeras. El apoyo de Francia no debe ser olvidado, pues Francisco I, todavía humillado por su derrota en Pavía, estaba dispuesto a avituallar a las naves corsarias y dotarlas de la más moderna artillería europea para que debilitasen a los odiados españoles. Y es que mientras España trataba de hacer causa común con los estados cristianos contra el Islam, los franceses ofrecían Tolón como puerto a las expediciones que llevaban la muerte y la esclavitud a miles de cristianos. No en vano la razón de estado es un invento galo.

En 1560 el intento de Felipe II, casi recién coronado rey de España, por tomar la delantera conquistando Trípoli terminó en el llamado Desastre de Dyerba o Los Gelves. El corsario Dragut y el almirante otomano Piali Pachá destruyeron la flota del Duque de Medinaceli y Juan Andrea Doria. Diez mil hombres perecieron, entre ellos dos mil infantes españoles al mando de Álvaro de Sande que fueron ejecutados tras tres meses cercados y con cuyas cabezas los turcos levantaron una pirámide que resistió hasta 1848.

Felipe II no se dejó amedrentar por su catastrófico bautismo de fuego contra los turcos y decidió que para vencer al Turco primero tenía que conseguir dominar por completo el mar. Este proyecto llevó a la construcción de una enorme flota y la forja de alianzas con el Papado, los estados italianos y los incansables caballeros de Malta u Hospitalarios. Aquel elaborado plan iría poco a poco dando sus frutos hasta su éxito absoluto en la batalla de Lepanto. Felipe II tuvo muy pronto la ocasión de aplicar su nueva estrategia, pues envalentonados por la victoria en Los Gelves, los piratas argelinos sitiaron Orán, la mayor plaza española en África. La respuesta imperial no se hizo esperar y Don Álvaro de Bazán, el mejor almirante de España, acudió en socorro de la ciudad con una gran flota de naves españolas, genovesas y de los caballeros hospitalarios. El gobernador de Orán, el conde de Alcaudete, había dirigido con maestría la defensa y los argelinos desistieron ante aquel despliegue de habilidad, valor y medios.

La victoria en Orán demostró que la armada de España y sus aliados tenía poder para actuar con rapidez y eficacia y restableció la maltrecha moral cristiana.

La expedición a Vélez de la Gomera

Nada más levantar el sitio de Orán, Sancho de Leyva, veterano de Los Gelves que había sobrevivido al cautiverio en Estambul, trató de reconquistar el Peñón de Vélez de la Gomera con parte de la flota de Don Álvaro de Bazán. El intento no se llevó a cabo de forma organizada y Leyva desistió finalmente, pero Felipe II sabía que era un punto estratégico importante y estaba decido a reconquistarlo, pues era el puerto del que salían la mayor parte de los ataques a Andalucía y Levante.

El Rey Católico preparó la operación con la minuciosidad que le caracterizaba. Durante todo el invierno y la primavera de 1564 se estuvo reuniendo la flota y las tropas que embarcarían en ella. Se nombró Capitán General del Mar y comandante de la expedición a García Álvarez de Toledo y Osorio, marqués de Villafranca, emparentado con el duque de Alba y con amplia experiencia en la guerra naval contra los berberiscos. En Palamós se unió el renombrado Álvaro de Bazán y ya en Málaga se congregó toda la flota. Los mandos de la misma no podían ser más ilustres. A las órdenes de Álvarez de Toledo, con quince galeras, estaban Álvaro de Bazán, con siete, Sancho de Leyva, con trece, Juan Andrea Doria, con doce, y Marco Antonio Colonna, con siete, más diez de la escuadra española de Sicilia. El Papa Paulo IV llamó a apoyar la lucha contra los infieles, por lo que Portugal se sumó con ocho galeras al mando del almirante y explorador Francisco Barreto, Saboya y Florencia aportaron trece naves dirigidas por conde Sofrasco y Jacobo Dapiano, respectivamente,  y los caballeros de Malta se sumaron también a la empresa. El contingente de infantería contabilizaba seis mil españoles, dos mil alemanes y mil doscientos italianos, además de un tren de artillería embarcado en las naves de Álvaro de Bazán.

La flota llegó al islote la noche del treinta y uno de agosto, por lo que se aplazó el ataque hasta el día siguiente. Entretanto, el comandante del Peñón, un famoso corsario de nombre Kara Mustafa, envió un emisario a su señor, el rey de Fez, pidiendo que le socorriese. Kara Mustafa había tomado las fortificaciones de Vélez de la Gomera y las había reforzado, haciendo los muras más altos y gruesos y ampliando la extensión del recinto amurallado. Las reformas de Mustafa habían hecho del Peñón una fortaleza imponente, hasta el punto de que se consideraba tanto entre los mandos cristianos como musulmanes una plaza inexpugnable.
El Peñón de Vélez de la Gomera. La lengua de tierra que lo une al
continente no existía en 1564, por lo que era una isla.
Alvaro de Bazán reconoció el terreno en busca del lugar idóneo para el desembarco del contingente y tras informar de sus observaciones a Álvarez de Toledo, el Marques de Villafranca eligió un lugar conocido como Castillo de Alcalá, en la costa del continente. Las tropas desembarcaron con la mayor celeridad y acometieron contra las fortificaciones moras. El asalto fue dirigido por el italiano Chiappino Vitelli y el español Juan de Villaroel. Las primeras defensas cayeron rápidamente, pero mientras el ejército cristiano trataba de consolidar la posición los moros les hostigaron en pequeñas bandas. Los jinetes de Villaroel tuvieron que cargar para dispersar al enemigo y asegurar el terreno.

Mientras se asentaba el ejército, una fuerza a las órdenes de Sancho Leyva se destacó para penetrar más en el campo enemigo y acercarse al Peñón. En vanguardia iba lo mejor de la Cristiandad: los caballeros de Malta y los veteranos del Tercio de Nápoles, a las órdenes de Luis de Osorio. En apoyo de esta fuerza de élite, Bazán desembarcó cuatrocientos arcabuceros para dar fuego de cobertura al avance de los tercios y los hospitalarios. Ante tan formidable contingente, los berberiscos optaron por replegarse a la fortaleza, por lo que los cristianos pudieron bajar a tierra la artillería, lo cual se tuvo que hacer llevando las piezas en andas por la irregularidad del terreno.

Mientras se levantaba el campamento, los mandos cristianos decidieron emplazar los cañones en las crestas del Cantil, desde donde podían hacer blanco sobre todo el Peñón. Además, otra betería se colocó cerca de un molino en las crestas del Baba, para hacer fuego desde dos sitios distintos. El Marqués de Villafranca y su estado mayor inspeccionaron la fortaleza: las altas murallas y torres se alzaban sobre la escarpada roca, que constituía una línea defensiva impresionante, y las aguas del Mediterráneo la aislaban, como si de un enorme foso se tratase. La posición era imposible de asaltar, pero los cristianos no tenían más que hacer entrar en liza a su muy superior artillería. Las piezas de la flota y los grandes cañones de sitio de las crestas barrieron el islote con excepcional puntería, demostrando que las defensas reforzadas por Kara Mustafa no podían nada frente al fuego artillero.

El líder corsario, al ver el tamaño de la armada cristiana y sus preparativos para el asedio, salió de la fortaleza con algunas naves antes de que se completase el bloqueo con la intención, o al menos así lo explico a sus hombres, de reunir refuerzos. Dejó al mando del baluarte a un renegado español que le hacía las veces de mano derecha, de nombre Ferret, junto a una guarnición de doscientos soldados turcos. Estos trataron en varias salidas de obstaculizar las labores de asedio y tomar alguna de las baterías, pero ya los españoles del Tercio, ya las tropas alemanas, impedían que estos ataques obtuviesen resultados.

La reconquista del Peñón

Finalmente, Ferret decidió abandonar la fortaleza, que estaba siendo gradualmente despedaza por la artillería. La noche del 5 de septiembre, tras el efímero asedio, los defensores aprovecharon la oscuridad para burlar el bloqueo y darse a la fuga. Al mismo tiempo, un moro de la fortaleza acudió al campo cristiano y se entrevistó con Juan Andrea Doria, al que reveló que la guarnición había abandonado la fortaleza. El almirante italiano decidió comprobar la veracidad de aquella afirmación y audazmente escogió una docena de hombres de confianza y se acercó, al amparo de la noche, hasta el portón principal. Allí se encontró con un oficial turco que ofreció la rendición del Peñón a cambio de que se respetase su vida y la de los veintisiete hombres a su cargo, que se habían quedado para cubrir la huida de sus compañeros.

Al día siguiente, las tropas cristianas entraban en la fortaleza y el Marqués de Villafranca reclamaba la plaza de nuevo en nombre de España. La expedición se dio por terminada y la flota se preparó para zarpar de vuelta a España, pero sus vicisitudes no habían terminado. Estando las tropas cargando las naves para el regreso y ultimando los detalles para partir, se presentó el ejército del rey de Fez, que llegaba con algo de retraso a socorrer la fortaleza. Los moros se sorprendieron de encontrar el bastión en manos españolas, pero decidieron tratar de recuperarlo aprovechando la sorpresa. En un combate repentino, el Marqués de Villafranca tuvo que desplegar a parte de sus tropas como pantalla para cubrir el embarco de la artillería y el resto del contingente expedicionario. El ejército de Fez desistió de su intentó en cuanto comprobó que las líneas cristianas no se desbarataban y optó por la retirada.

El capitán Diego Pérez Arnalte quedó encargado de la fortaleza, con una guarnición de trescientos infantes y cuatrocientos artilleros. Álvaro de Bazán permaneció patrullando las cercanías del Peñón con sus naves hasta el otoño, mientras el resto de la flota atracaba en Málaga, donde su éxito fue recompensado con las ovaciones y vítores de la población. El Marqués de Villafranca recibió además una gratificación algo más tangible al ser nombrado por Felipe II Virrey de Sicilia.
Don Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, uno de los más
 insignes almirantes de nuestra historia. Hombre de confianza de
Felipe II, murió invictó tras una vida entera al servicio de la patria.
Los españoles y sus aliados recibieron el triunfo con enorme alegría, pues necesitaban un refuerzo moral tras la racha de victorias musulmanas. Los piratas berberiscos resultaron perjudicados por la perdida de una de sus mayores bases, pero en Estambul la victoria cristiana apenas se mencionó. El Sultán Solimán el Magnífico estaba ocupado en proyectos de mayor envergadura y no le dio importancia. No quiso darse cuenta de que Felipe II había conseguido dar un impulso a los maltrechos cristianos y alentarles a seguir enfrentándose al Turco. Solimán en persona lo comprobaría al año siguiente, cuando movilizó una gigantesca flota para sitiar Malta, la sede de los caballeros hospitalarios. Los hermanos de la Orden ofrecieron una resistencia heroica al ejército otomano y la empresa acabó en desastre para los musulmanes cuando Bazán y el Marques de Villafranca pasaron de nuevo a primera línea y acudieron con los Tercios en socorro de la isla. Los turcos quedaron desprestigiados y las armas cristianas recuperaron la iniciativa en una guerra que todavía se prolongaría varias décadas.

Algunas consideraciones finales

Abandonando con tristeza esta época de gestas y gloria hemos de volver a la presente situación. Desde su reconquista en 1564, Vélez de la Gomera ha sufrido nuevos ataques de los moros casi de forma continua, pero la bandera de España, si bien cambiando con los siglos, ha permanecido inamovible en lo alto de los riscos del islote. Las reivindicaciones de Marruecos sobre este territorio, así como sobre Ceuta, Melilla y demás enclaves españoles en la costa africana, carecen de cualquier sostén histórico. Los activistas del Comité para la Liberación de Ceuta y Melilla deberían recordar, ya que recuerdan la fecha en que partió la expedición del Marqués de Villafranca, que por aquel entonces Marruecos no existía ni como nación ni como idea. Su territorio era una vasta extensión de montes, costas y desiertos sin más dueño que los caudillos bereberes de las cabilas que los habitaban y los reyezuelos de efímeros estados al servicio de Estambul. Y las plazas que reclaman eran nidos de piratas esclavistas hasta que fueron limpiadas por las flotas de la Monarquía Hispánica.

El Peñón de Vélez de la Gomera es un vestigio de nuestro pasado imperial, un recuerdo del tiempo en que España lideró a la Cristiandad en su lucha a muerte con el Islam. Los tiempos han cambiado, por supuesto. España ya no lidera a nadie en nada más que en paro y fracaso escolar y la corrección política europeísta no ve con buenos ojos los exabruptos de orgullo patrio, pero estas rocas que se alzan frente a la costa del continente africano nos evocan episodios de nuestra Historia que no merecen caer en el olvido. Y aunque solo sea por eso, el Gobierno debería defender nuestra soberanía sobre ellas con todas sus fuerzas.