"Afortunadamente, la guerra es algo terrible. De lo contrario, podría llegar a gustarnos demasiado."

Robert E. Lee, general de los Estados Confederados de América










martes, 5 de julio de 2011

Cantabria conquistada

Siento muchísimo no colgar entradas más a menudo en este blog. Es verdaderamente triste que entre cada artículo haya intervalos de meses enteros. No voy a mentir diciendo que dedicó a El Rodelero todo el tiempo que puedo, pero tampoco lo haría diciendo que no puedo dedicarle todo el tiempo que me gustaría. En cualquier caso, creo que es mi deber pedir perdón a los amables lectores y agradecerles su paciencia con la aparente inmutabilidad de este blog. Trataré de continuar escribiendo acerca de batallas famosas y no tan famosas, y haré todo cuanto esté en mi mano por retomar la abandonada serie de Generales de la Guerra del Peloponeso, en la que he dejado a nuestro apreciado Brásidas en plena Calcídica y peleado con el rey de Macedonia.

Me temo, no obstante, que muy a mi pesar esto  puede no materializarse hasta dentro de algunos eones. Por lo tanto, y como insuficiente e insignificante compensación a los que tengan la amabilidad de leer esto, les dejo a continuación el inicio del capítulo primero de una modesta novelita que estoy escribiendo sobre las viviencias de un desafortunado manípulo romano destacado de guarnición en la recién conquistada Cantabria (año 25 a.C.).

* * *


Lo más molesto de Cantabria es el frío. Y si hay algo más molesto que el frío es la lluvia. Claro que el frío y la lluvia no son sino nimiedades cuando tienes que soportar diariamente a tu centurión. Y se me plantearía un gran dilema si tuviese que decir si es peor un centurión o una emboscada de guerrilleros cántabros. Verdaderamente, no se podía decir que un fuerte en lo alto de una loma en las montañas del norte de Hispania fuese el destino soñado por un legionario. Y menos aún si el legionario en cuestión tiene cumplidos diecisiete de los veinte años de servicio.
Podía haber pasado mis últimos tres años en la legión en algún cálido y tranquilo puesto en el sur de la Galia, cerca de Narbo, y así hubiera sido de no haberse rebelado los malditos cántabros. No obstante, sería más conveniente presentarme antes de ponerme a hablar de lo que no sé. Mi nombre completo es Cneo Valerio Atello. Por motivos prácticos no lo uso entero excepto para presentarme ante oficiales superiores y cobrar la paga. En general se me conoce como Valerio.
Como la mayoría de mis compañeros, soy hijo de legionario. Mi padre sirvió en la IX con el divino Julio César. Era de un pueblecito del Lacio, no lejos de Roma, al igual que mi madre. En ese mismo pueblo me crié yo mientras él hacía historia participando en la gloriosa conquista de las Galias. Apenas le conocí, casi nunca hable con él, pero cuando nos informaron que había muerto en Farsalia lloré como si hubiésemos pasado mis trece años de vida juntos. Mi madre soportó el golpe con una firmeza admirable, quedando sola a cargo de mí y mis tres hermanos. Afortunadamente, contó con el apoyo del hermano de mi padre, centurión, que siempre que el deber se lo permitía pasaba a vernos y, de paso, dejar algo del botín de sus campañas que contribuyese a relajar el precario estado de nuestras rentas. Entre esto y parte de la pensión de mi padre, pude recibir una educación considerable para ser el hijo de un modesto legionario. Mi madre esperaba que de este modo pudiese encontrar algún trabajo decente y, sobre todo, desterrase la idea de seguir los pasos de mi progenitor.
-¿Para qué? ¿Para qué te mate un germano, un parto o peor aún, un romano, como a tu padre? Y todo para mayor gloria de un senador que quiere hacer carrera ganando batallas.
Era cierto, los legionarios luchábamos a las ordenes de generales que odiaban ponerse la armadura, se desmayaban al ver sangre y luego volvían a su casa del Palatino contando hazañas de batallas en las que ni siquiera estuvieron. Pero también era cierto, y mi madre no era ajena a ello, que más allá del prestigio de un petimetre, luchábamos por Roma. Cuando uno tiene 37 años y ha pasado la mitad de su vida entre marchas, instrucción y alguna eventual carnicería, el ideal de Roma no parece importar mucho. Pero, por Júpiter, con 18 años las cosas se ven distintas. Por eso, a la mínima de cambio aproveché para abandonar el cuidado materno (que en los siguientes años habría de añorar) y pasar a servir bajo las águilas. La oportunidad se me presentó con el  vil asesinato de Julio César y el estallido de una nueva guerra civil. Los legionarios de César marcharon a vengar a su amado líder a las órdenes de Marco Antonio y de nuestro glorioso princeps Augusto, por entonces simplemente Octavio. Entre ellas estaba la Legio IV Macedónica, a la que había sido transferido mi padre y en la que murió. La diosa Fortuna, o tal vez Marte, señor de la Guerra, quiso que la IV estuviese escasa de efectivos, y no tardé ni un momento en correr a alistarme. Conmigo lo hicieron centenares de jóvenes, como yo, que buscaban seguir la estela de sus padres y hallar la gloria. Así funcionan las legiones romanas, las plazas de los fallecidos se ocupan con los hijos de estos. Jóvenes que, incautos, llenos de ardor patriótico y con las historias de sus padres rondando sus cabezas, se comprometen a pasar los siguientes veinte años de su vida en la legión. Y veinte años entonces no lo parece, pero cuando llevas ya cinco empiezas a pensar que es un periodo demasiado largo.
Y ahora heme aquí, legionario Cneo Valerio Atello, I centuria, II manípulo, II cohorte, Legio IV Macedónica. He combatido contra los asesinos de César en Filipos y Perusa, contra Marco Antonio en Accio, contra los galos en Aquitania y, finalmente, contra los cántabros. Eso es suficiente como para haber comprendido bastante bien en qué consiste la legión: obedece las órdenes, sigue el manual y no habrá problemas. La guerra de los romanos es así; una cosa metódica y automática, pero despiadadamente eficaz. No hay lugar para las hazañas individuales, no hay lugar para los héroes. El auténtico héroe es aquel que mantiene la formación y hace lo que su centurión le manda. La guerra es algo necesario, es parte inseparable de Roma, pero no la hacemos con gusto. Eso sí, si hay que hacerla se hace bien. Los bárbaros van a la guerra como a un juego, o casi un ritual. Se citan, se insultan, se matan, se saquean y cada uno para su casa hasta la semana que viene. Nosotros tratamos de que una guerra sea lo más rápida y limpia posible. Decidirla en una única batalla bien librada y luego establecer la Pax Romana. Eso es lo que hace que seamos tan distintos; ellos luchan por costumbre, nosotros por obligación.
Y a eso vino la campaña de Cantabria, un charco en el cual mi legión se metió tan profundo que aún estamos intentando salir. Los cántabros y sus vecinos, los astures, han vivido siempre de lo que saquean en sus incursiones, a veces contra ellos mismos y otras, las más, contra sus sufridos vecinos del sur, las tribus del llano. Cuando estas últimas se sometieron a Roma, cántabros y astures no vieron motivo para abandonar sus costumbres. Las escaramuzas con las patrullas fronterizas no les amedrentaron, y la zona se convirtió en un caos. Las aldeas eran primero saqueadas por los cántabros, y luego quemadas por los romanos en sus a menudo indiscriminadas represalias. La situación no parecía tener salida, ya que después de cada ataque, los bárbaros se refugiaban en sus inaccesibles cumbres, donde nada podía amenazarles.
Finalmente, el princeps Augusto, cuya fortuna va a la par que su sagacidad, vio en lo que los senadores creían un avispero una magnífica oportunidad. Invadiendo Cantabria conseguía terminar con los últimos hispanos no sometidos a Roma, ganarse el favor de los que si lo estaban al librarles de sus molestos vecinos norteños y conseguir engrandecer su imagen ante el pueblo romano como general victorioso. Y es que no por nada el débil y enfermizo sobrino de César había llegado a ser el dueño de Roma.
Para la campaña, el princeps no escatimó en recursos. Tres legiones al completo se reunieron en Segisama, al sur de las tierras Cántabras, esperando la llegada de Augusto. Una de ellas era la IV Macedónica. Acabábamos de sofocar una revuelta en Aquitania cuando nos llegó la orden. A nadie le hizo mucha gracia, pero los romanos no discutimos las órdenes. Cuando Augusto llegó a Segisama, le estaban esperando nada menos que 30.000 hombres.
No es este lugar, ni soy yo el más indicado, para contar los pormenores de la guerra. Baste decir que fue larga, dura y sangrienta. Los cántabros se unieron para hacer frente a la invasión. Al principio se dispusieron a plantar cara en campo abierto. La subsiguiente carnicería les convenció de no volver a intentarlo. Y en mala hora. Desde ese momento luchamos contra un enemigo invisible, que aparecía y desaparecía en segundos, segando la vida de varios legionarios. A los ataques se sumaba el frío, la lluvia y la dificultad del terreno. Avanzábamos por pasos de montaña cubiertos de nieve o a través de bosques en los que detrás de cada árbol se ocultaba un guerrillero sediento de sangre romana. Las vías de suministro se alargaron y empezó a faltar comida. Al final, la aparición de la Legio IX por la retaguardia de los cántabros consiguió encauzar la situación. Con cuatro legiones avanzando en perpendicular, los bárbaros se replegaron al corazón de sus tierras, cercados como las fieras. Al final, quedaron encerrados en el castro de Aracillum, donde pusimos fin a la campaña con un baño de sangre.
Un asunto desagradable el de esta campaña. Mucho sufrimiento, mucha sangre, muchos muertos y muy poco provecho para un legionario. Los cántabros son un pueblo pobre y ninguno de nosotros saco mucho botín para aumentar la pensión. Pensión que en el caso de muchos compañeros se convirtió en pago de sus honras fúnebres. Fue el caso del bueno de Lucio, siempre dispuesto a echar una mano, al que enterramos en lo alto de las cumbres cuando murió congelado. O el de Appio, un tipo antipático pero valiente que recibió tres lanzazos en Vellica protegiendo al estandarte.
Por todo ello, al terminar la campaña, no había nada que deseásemos más que abandonar aquellas tierras inhóspitas. Pensábamos, con razón, que nos habíamos ganado a pulso un destino tranquilo para los próximos años, pero el alto mando tenía otros planes para la IV Macedónica. Se nos estableció de guarnición de los territorios conquistados, como garantes de la Pax Romana. Nuestra misión era mantener en calma la zona y dar los primeros pasos para la romanización de los cántabros, bastante poco dispuestos a ser romanizados.
El campamento principal se estableció en la paupérrima localidad de Segisama. Sin embargo, a efectos prácticos la mayor parte de la Legión estaba repartida por toda Cantabria, dividida en guarniciones de unos centenares de hombres que controlaban los principales pasos de montaña y las poblaciones indígenas más notables. Y a la I centuria del II manípulo de la II cohorte se nos reservó un puesto de guardia especialmente miserable en una zona que, como se vería luego, distaba mucho de estar lista para ser romanizada.
Un optio (suboficial) informa a su centurión, según A. García Pinto . El uniforme de
ambos contiene elementos  altoimperiales, que empezaron a usarse con Augusto.


lunes, 28 de febrero de 2011

Tapae, 101 d.C.: Trajano vence a los dacios

La batalla de Tapae, que enfrentó a Roma con los dacios, es la mayor victoria del emperador Trajano a lo largo de su dilatada carrera militar. El emperador hispano pasó toda su vida guerreando contra los enemigos de Roma, pero la mayor parte de este tiempo se enfrentó a enemigos que se atrincheraban en fortalezas y ciudades o que acosaban a los romanos en fugaces escaramuzas. En Tapae, no obstante, Trajano tuvo que hacer frente a un ejército completo en orden de batalla y formado en campo abierto. Me atrevería a decir que Tapae fue, de hecho, la última gran victoria del ejército romano en todo su poderío,  ya que a partir de entonces no haría sino luchar por la supervivencia de un imperio que se resquebrajaba.

Decébalo y los dacios
La Dacia se correspondía con la actual Rumania, comprendiendo este reino parte de la llanura húngara por el oeste y los montes Cárpatos ocupando el resto del país. Limitaba con el Imperio Romano al sur, estando separado de la provincia de Moesia por el Danubio. Dada su abrupta geografía, la única manera de penetrar hasta el interior de la Dacia era por el oeste, pasando por la ciudad de Tapae. Esto convirtió a esta población en un punto estratégico y enclave, por lo tanto, de nada menos que cuatro batallas.
 Los dacios eran uno de los pueblos bárbaros más evolucionados, gracias a la influencia de los griegos. De carácter belicoso e indomable, dieron problemas a Roma desde que los romanos entraron en contacto con ellos al ocupar Moesia. Durante el reinado de Domiciano (81-96), las razias de los dacios en territorio romano dieron lugar a una expedición de castigo al mando del Prefecto de la Guardia Pretoriana, Cornelio Fusco, en el año 87. Fusco y sus hombres llegaron hasta Tapae, donde sufrieron una emboscada y fueron aniquilados por un ambicioso caudillo, Diurpanneo, que utilizó esta victoria para erigirse rey de los dacios con el nombre de Decébalo. Una victoria menor romana de nuevo en Tapae al año siguiente no bastó para consolidar el dominio de Roma y Domicinao firmó la paz con Decébalo.
Esta paz, más nominal que otra cosa, le sirvió al rey dacio para reforzar su ejército y, lo que es más, su orgullo. Aprovechando la tregua, Decébalo fomentó los saqueos en Moesia y, como harían los ingleses con sus corsarios en el siglo XVI, cobijó a los bandidos a cambio de parte de los beneficios. Roma, acobardada por el desastre de Fusco, miró hacia otro lado con la esperanza de que en algún momento los dacios cesasen sus saqueos.

La campaña de Trajano
En el año 98 se terminó el chollo para Decébalo, pues ascendió al trono Marco Ulpio Trajano. Trajano era un soldado y un romano, por lo que nada más llegar al poder comenzó a organizar una campaña para meter en cintura al rey dacio y recordarle los acuerdos firmados con Domiciano a golpe de espada.
El ejército que tenía el hispano a sus órdenes era el mejor que había visto el mundo hasta entonces y el mejor que vería hasta mil años después. Roma estaba en el cénit de su gloria y sus legiones eran el símbolo de ese poderío. No es este momento para describir los entresijos de esta fabulosa máquina bélica, pero baste decir que poco tenía que envidiar los ejércitos modernos en cuanto a organización, logística y disciplina.
Trajano reunió siete legiones (I Auditrix, II Auditrix, III Flavia, VII Claudia, I Itálica, V Macedónica y XIII Gémina), cuarenta cohortes auxiliares (formadas por infantería no romana), dieciocho alas de caballería y treinta cohortes mixtas (que incluían infantería y caballería). A esto se sumaban dos cohortes de la Guardia Pretoriana encargadas de la protección del emperador.  El total, unos 80.000 hombres, daban el ejército más grande reunido por Roma desde el primer emperador, Octavio Augusto.
Decébalo debió observar con pavor a esa ingente cantidad de hombres esperando al otro lado del Danubio una orden para abalanzarse sobre él. Pero era un líder inteligente y valiente, y ni se planteó la rendición.
Un decurión de la caballería romana dirige a su patrulla contra un grupo de refugiados dacios.
El año 101, Trajano cruzó el Danubio sobre un improvisado puente de pontones y entró en la Dacia. Decébalo no plantó cara de forma directa, sino que fue retirándose hacia los bosques de los Cárpatos. Las fortalezas que debían frenar a los romanos cayeron una tras otra ante la maquinaria de asedio romana, y la caballería de Trajano cabalgaba delante del ejército dando caza a las partidas de dacios que huían del implacable avance de las legiones. Decébalo se dio cuenta de que Trajano marchaba hacia Tapae. Si el hispano conquistaba la ciudad, tendría el camino despejado para entrar en el corazón del reino. Sabía que tenía que evitarlo, pero era demasiado listo como para colocarse ante el ejército romano y dejar que le masacrasen. Probablemente recordando su victoria sobre Fusco en el mismo lugar, el rey dacio ideó una trampa para acabar con los invasores.

La batalla de Tapae
Trajano, entretanto, estaba ya próximo a Tapae. La ciudad era un infausto recuerdo para los legionarios, que sabían que de las dos últimas batallas libradas allí, una había sido una victoria amarga y la otra una derrota convertida en carnicería. Tapae se hallaba cerrando un estrecho valle delimitado por los montes Semenic al oeste y Banatului al este, ambos cubiertos de frondosos bosques. Decébalo decidió aprovechar el terreno para emboscar a los romanos. Colocó ante la ciudad, en el extremo norte del valle, al grueso de su infantería, con sus espadones curvos (falces) capaces de partir en dos a un legionario de un golpe. Pero eso era el cebo, pues en los montes Banatului, ocultos entre los árboles, esperarían más infantes, miembros de las fieras tribus montañesas. Y en Semenic aguardaba igualmente escondida la caballería de los aliados sármatas, un pueblo iranio oriundo de las estepas al este de la Dacia. Cuando los romanos se internasen en el valle en busca de la confrontación con el cuerpo principal, las tropas emboscadas caerían sobre sus flancos y retaguardia y los encerrarían, exterminándolos.
El plan era inteligente, pero muy previsible. Tal vez un jefe germano habría mordido el anzuelo, pero Trajano era un general romano, y de los mejores. Nada más llegar  al extremo sur, observó el estrecho valle, por el cuál debía pasar para entrar en combate con los dacios que aguardaban en el otro extremo, y los silenciosos y amenazadores bosques que ocultaban las elevaciones. “Que me crucifiquen si esto no es una emboscada” tuvo que pensar el emperador. Los exploradores de la caballería romana que rastrearon los montes Semenic confirmaron sus sospechas al informar de  la presencia de 10.000 jinetes sármatas.
Trajano ordenó al general Tercio Juliano tomar parte de las tropas y dirigirse a Tapae desde el oeste, atacando a los sármatas por la retaguardia. Juliano llevó consigo a las legiones I Itálica, V Macedónica y XIII Gémina, veinte cohortes auxiliares y diez alas de caballería.
El emperador avanzó por el valle con las legiones I Auditrix, II Auditrix, III Flavia y VIII Claudia en cabeza, flanqueadas por ocho alas de caballería. En reserva dejó veinte cohortes de tropas auxiliares, que marchaban detrás de las legiones. Si bien no tenía confirmación, Trajano suponía que si había tropas emboscadas en Semenic, también las habría en Banatului. Por ello, colocó treinta cohortes mixtas al mando de Lucio Licinio Jura en su flanco derecho, atentas a cualquier movimiento entre la maleza. El emperador, con su Guardia Pretoriana, se situó justo detrás de sus legionarios.

Decébalo no sabía nada de las tropas de Juliano y creyó que todo el ejército romano había caído en la trampa. Al dar la señal de ataque, los infantes dacios del extremo norte del valle se lanzaron sobre las legiones. Tal y como habían ensayado miles de veces, los legionarios arrojaron sus jabalinas (el famoso pilum), que atravesaron escudos y cuerpos dacios, para acto seguido desenfundar el gladius y esperar estoicamente la embestida. Esta no tardó en llegar y toda la furia y audacia bárbaras se empotraron contra la disciplina y serenidad romanas.
Los sármatas de Semenic escuchaban el ruido de la lucha esperando la orden de cargar… que nunca llegó. A su espalda sonó el cornicem y las legiones de Juliano cayeron sobre ellos. Los sármatas no fueron capaces de volver grupas y cargar en mitad del tupido bosque, y menos aún cuando los infantes auxiliares de Juliano y su caballería les envolvieron por los flancos y los empujaron hacia la picadora de carne que eran las tres legiones.

Entretanto, los dacios de Banatului salieron de la maleza y trataron de aplastar el flanco derecho de Trajano. Pero allí estaba Lucio Licinio Jura y sus cohortes. Aguantaron la embestida no sin sufrir un gran número de bajas, pero resistieron. Y no solo eso, sino que contracargaron ladera arriba. Comenzó a llover a cántaros sobre los combatientes, el suelo se embarró y los truenos resonaron sobre las cabezas de romanos y dacios. Los auxiliares continuaron su ascenso por la pendiente convertida en lodazal, luchando en un duro cuerpo a cuerpo para cubrir el flanco de sus camaradas.

En el centro, las legiones aguantaban a los dacios inspirados por la presencia de Trajano, que permanecía inmutable en su posición. Los bárbaros flaqueaban. La línea romana no se había roto con la carga inicial, y la profesionalidad de los legionarios les hacía muy superiores en el combate tan cercano, que era su especialidad. Los centuriones, en primera línea, acuchillaban incansablemente a los dacios mientras animaban a sus hombres. Cuando las tropas de Decébalo se percataron de que la emboscada no había funcionado, comenzaron a abandonar el combate. Pero el terreno, tan favorable en un principio, se volvió contra ellos al dificultarles la huida. Las alas del ejército romano los rodearon y fueron pocos los que lograron escapar.
Las tropas de Juliano habían acabado con los sármatas y los auxiliares de Lucio Licinio Jura consiguieron, a costa de muchas bajas, poner en fuga a los dacios de Banatului. Trajano había ganado el día.

Las tropas auxiliares de Lucio Licinio Jura descansan tras expulsar a los dacios de
los montes Banatului.

Después de Tapae
Los romanos sufrieron un número importante de bajas, pero a cambio de acabar con el ejército dacio casi al completo. Ambos bandos quedaron  extenuados, pero obstinados como eran sus líderes, la guerra continuó. Decébalo se refugió en sus casi inexpugnables fortalezas de los Cárpatos, que se alzaban excavadas en la misma roca de los montes. Trató de organizar una contraofensiva con el apoyo de los sármatas pero fue desarticulada por la caballería romana antes incluso de empezar. Ni siquiera sus bastiones en las montañas repelieron a los romanos, que los capturaron uno a uno. Casi obligado por los nobles dacios, el rey pidió la paz. Trajano estaba harto de él y de los dacios, y la acepto poniendo unas condiciones muy leves. Se estableció una guarnición en la capital, Sarmizegetusa, Dacio debió pagar una compensación y poco más.
Esta paz no fue más que un descanso de dos años, pues Decébalo se volvería a rebelar y desencadenaría la segunda Guerra Dacia, que termino al suicidarse para evitar la captura. Dacia fue ocupada y romanizada, naciendo así la actual Rumanía.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Brásidas, el genio olvidado (IV)

Tras haber atravesado Tesalia, Brásidas llegó con su ejército a Macedonia, dónde fue recibido con alegría por el rey Perdicas. El soberano tenía dos buenas razones para requerir tropas a Esparta: si bien oficialmente era neutral, sus relaciones con Atenas habían sido enturbiadas por diversos incidentes, y ante los éxitos atenienses, veía probable que la ciudad de Atenea decidiese ajustar cuentas con él. Además, estaba sumido en una guerra con su vecino Arrabeo, rey de los lincestas, y  pensaba utilizar a los afamados hoplitas lacedemonios para aplastarle de una vez por todas.
Los atenienses no pudieron creer que Brásidas estuviese con un ejército en Macedonia, a escasos kilómetros de sus preciadas colonias, después de haberse paseado por delante de sus narices. Declararon definitivamente enemigo a Perdicas y reforzaron las guarniciones de las colonias de Calcídica.
Entretanto, el espartano marchó junto con el ejército real macedonio contra Arrabeo. Perdicas estaba impaciente por someter a su odiado rival, y pensaba que con los lacedemonios en su bando no podía perder. Al llegar a la frontera, Arrabeo mandó emisarios a Brásidas para pedirle que mediase entre ambos reyes y solucionase pacíficamente el conflicto. Brásidas había sido enviado con la misión de causar todo el daño posible a Atenas y ganar aliados para Esparta, por lo que pensó que actuando imparcialmente podría poner fin a la disputa y convencer también a los lincestas para unírsele. Además, los consejeros calcideos de Brásidas le advirtieron de que no era bueno librar a alguien tan ambicioso como Perdicas de su único rival en la región. El espartano tuvo en cuenta todo esto y manifestó su deseo de aceptar la propuesta. Al oírlo, Perdicas montó en cólera y le dijo al espartano que no lo había traído para juzgar sus desavenencias, sino para que aniquilase a quien él dijera. Brásidas, sin embargo, ignoró las quejas y, tras una entrevista con Arrabeo, firmó un tratado con él y se retiro. Ante el agravio, Perdicas, que había estado pagando la mitad de los gastos del ejército espartano, redujo su contribución a un tercio.
Brásidas era un general anormal para Grecia, pero más aún para Esparta.
Era innovador y atrevido, en contraposición a los ortodoxos y conservadores
espartanos.  Además, estaba dotado de energía, astucia y diplomacia,
cualidades poco comunes entre los lacedemonios.
A pesar de la disputa con Perdicas, este seguía interesado en mantener a sus órdenes al contingente, por lo que Brásidas permaneció en Macedonia. Desde allí se dedicó a su labor principal: provocar la defección de las colonias atenienses. Contaba con el apoyo de los calcideos, que le habían llamado a la vez que Perdicas, y con la simpatía de gran parte de la población local, que veía a los atenienses como invasores entregados a expoliar sus tierras. Inteligentemente, Brásidas se valió de este hecho y se presentó como un liberador. La sagacidad con la que actuó es elogiable, más aun teniendo en cuenta que era un espartano, educado para las medidas directas y, a menudo, un tanto simples.
La primera ciudad a la que acudió fue Acanto. Se presentó ante los muros con su ejército, pero, a sabiendas de que tenía numerosos partidarios dentro de la urbe, solicitó ser recibido sólo para poder hablar a la Asamblea. Ante los notables de Acanto, Brásidas realizó un brillante discurso en el que presentó a los lacedemonios como los liberadores de Grecia, aquellos que terminarían con el yugo de Atenas. Asimismo, aseguró que los espartanos no tenían ninguna aspiración a dominar la Hélade, exponiéndolo todo de forma tan convincente y atractiva que a nadie podía caberle la duda de si decía la verdad. Se mostró humilde durante todo el discurso, a la vez que alabó a los ciudadanos, y en ningún momento adoptó una postura amenazadora, hasta el punto de que ignoró por completo el hecho de tener un ejército a las puertas de la ciudad.
Tras aquella magistral muestra de oratoria y una exposición tan clara de las ventajas de Esparta, Acanto se unió a Brásidas, y poco después lo hizo la vecina Estagiro. Estas fueron las primeras de la larga lista de colonias atenienses que se rindieron ante el encanto del general espartano, cuya fama se extendía a velocidad vertiginosa. En palabras de Tucídides:


“…los méritos e inteligencia de Brásidas, ya porque los hubieran comprobado, ya porque los creyesen al oírselos decir a otros, originaron, de manera especial en los aliados de los atenienses, la atracción por los lacedemonios, pues, como fue el primero que salió de su país y dio la impresión de ser bueno desde todos los puntos de vista, dejó la firme convicción de que también los demás lacedemonios eran iguales.”
Tucídides, IV 81, edición de Francisco Romero Cruz